Tu smartphone caducó anoche, tu yogur no

Nuevo!

Érase una vez una bombilla redondeada, reluciente y de tamaño medio. Parecía igual que las demás, pero resultó tener tal fuerza e intensidad de luz que en más de 100 años no se apagaría. Sus compañeras también duraron muchos años, aunque poco a poco se fueron despidiendo y siendo sustituidas por otras nuevas. Cambiaban las formas, los materiales e incluso el tipo de luz, pero sin embargo perecían antes que la vieja bombilla ¿Casualidad? No. El fabricante de la vieja bombilla que aún sigue luciendo en una estación de bomberos de un pueblo de California, lejos de enorgullecerse de su duración empezó a preocuparse por la continuidad de su negocio. Y como él, muchos otros fabricantes y vendedores vieron cómo esa virtud en sus productos les perjudicaba, planteándose dotar a sus productos de una fecha de despedida, y así continuar vendiendo y produciendo para seguir a flote.

Bienvenidos a la “obsolescencia programada”

La más típica y sencilla, programar la caducidad de un producto: a las 1000 fotocopias, a los 5 años desde su primer uso, a las 3.000 reproducciones, etc. Llega un momento en el que tienes que comprar otro producto porque el que funcionaba perfectamente, de repente, dejó de hacerlo. Su denominación exacta es obsolescencia funcional.

Por otra parte está la obsolescencia de diseño, que ha existido siempre, pues el producto es una tendencia temporal, que en algún momento pasará de moda. Puedes continuar usando esa chaqueta o esos estampados, pero han pasado de moda, igual que aquello de decir “guateque” o “botica”. Es algo inevitable socialmente, aunque a nivel personal puedes hacer y decir lo que quieras. Mi vecino aún vive en la movida madrileña de los 80, y tan feliz oye.

Y finalmente está la obsolescencia que más controversia causa, la tecnológica. Especialmente en productos electrónicos donde los avances son cada vez más rápidos. Si ponemos el ejemplo de los smartphones, compañías como Samsung o Apple cada vez tardan menos en sacar al mercado un nuevo modelo superando el anterior, provocando el enfado de sus más fieles seguidores con las correspondientes acciones legales en su contra. La crítica reside en el raciocinio de los avances. Es posible que los fabricantes hayan descubierto varias características estupendas, y que las vayan integrando en sus productos de forma separada, rentabilizando cada novedad y “obligando” a comprar el siguiente producto que incluye otra característica diferente.

En este tipo de obsolescencia el producto anterior funciona y es actual, mientras que el nuevo a veces aporta unas diferencias mínimas, siendo los propios clientes los que desechan el producto tentados por poseer lo último en tecnología.

Documental comprar, tirar, comprar

El debate de la obsolescencia programada ha creado muchas posturas y opiniones, incluso existen compañías que la rechazan absolutamente, como es el caso de la OEP o la plataforma en contra, libre de obsolescencia programada. El problema más grave de la programación del deterioro de los productos es su efecto en el medio ambiente, ya que se desechan muchos que podrían satisfacer nuestras necesidades perfectamente, se derrochan recursos y se acumula cada vez más basura de difícil extinción o reciclaje.

Sin embargo, hay productos que están tomando un camino totalmente opuesto, curiosamente los de un sector inevitablemente perecedero como es el de la alimentación, el último caso es el de los yogures, que ahora en vez de caducar tienen consumo preferente en sus etiquetas, con el fin de aprovechar mejor su tiempo en buen estado.

Como todo, lo ideal es acudir a la lógica, la creatividad y el equilibrio… y seguir la famosa regla de “las tres erres”: Reducir, Reutilizar y Reciclar, en ese orden, para ahorrar disgustos tanto al planeta como a nuestro bolsillo.

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